Home > Feminismo > Ana Fernandez de Vega. No sin mi hija
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Aunque lo de Bescansa es casi ya pasado lejano, no dejan de publicarse artículos y comentarios al respecto. La diferenciación de opiniones es muy polarizada (particularmente entre los feminismos) y a mí estos debates internos siempre me dan ganas de más.

Voy a intentar resumir las tres posturas que he conseguido identificar entre todo lo que he absorbido.

Primera postura: el rechazo decoroso

Hay una primera postura, que emerge con fuerza desde -diría yo- el más amplio sector social, que es la de rechazar la presencia de Carolina Bescansa con su bebé en el Congreso por considerarlo algo así como “exhibicionismo populista”. Según mis propias conversaciones y lecturas, desde aquí se consideraría no sólo puro postureo lo que ha hecho la diputada sino también un acto totalmente innecesario.

Innecesario porque el Congreso tiene una guardería y el bebé se podría haber quedado ahí; innecesario porque el Congreso no es un lugar para un bebé; innecesario porque se abre el debate sobre una cuestión que no es tan importante como otras de la real politikactual (sí, por ejemplo que el señor Gómez de la Serna -imputado- recogiera su acta de diputado y no hubiera atención mediática para él); innecesario porque ya hubo otras diputadas que en otros momentos hicieron algo semejante, como Nines Maestro en 1991 en España o la diputada italiana Licia Ronzulli; innecesario porque se puede hablar sobre el problema de la conciliación sin tener que dar un espectáculo para ello …

Esta primera línea de rechazo yo no la comparto en absoluto. En primer lugar porque me resuena a una manera de entender y  hacer política con la que no me identifico. Una manera que prima el decoro de las formas y la continuidad de los símbolos normalesque me parecen anticuadas, desconectadas con la complejidad actual y alejadas de las demandas ciudadanas que hoy en día apuestan por la transformación de la política.

Y en segundo lugar porque no creo que ‘innecesario’ sea el calificativo más adecuado para definir un gesto simbólico que, ciertamente, nos remite a una problemática de lo más cotidiana.

Colateral a estos dos motivos por los  cuales no comparto esta línea de rechazo , encuentro también un regusto muy amargo en las argumentaciones que vuelven al “yo no puedo hacerlo porque no soy privilegiada como ella” o al “yo me busqué la vida como todas las madres” para negar la validez de la decisión de Bescansa. Ante este último tipo de comentarios yo no puedo sino preguntarme:

“Pero oiga, mire, ¿por qué no está usted de acuerdo, por despecho o por envidia?”.

 

Segunda postura: el rechazo feminista

Junto a la anterior, ha tenido mucha resonancia una segunda línea de rechazo que proviene de los feminismos y que ha sido protagonizada por mujeres con mucha solera y relevancia teórica y política en nuestro país. Feministas que todas hemos leído y que a todas nos han enseñado algo.

La línea central de esta postura de rechazo feminista sería la de hacer una lectura del gesto de Bescansa como una vuelta al pasado, un gesto que refuerza la idea de que los cuidados de menores son una responsabilidad que debe recaer principalmente en las mujeres, premisa de la que precisamente debemos huir (y que el feminismo consecuentemente debe defender).

Imagen extraída de la página de FB de Amigas de Amelia Valcarcel

Es decir, Bescansa lo habría hecho mal poractuar públicamente elrol femenino de cuidadora principal.

La denuncia y superación del ejercicio exclusivo por parte de las mujeres del rol de cuidadadoras principales es uno de los estandartes más conocidos del movimiento feminista y, concretamente, seña de identidad de una de las tendencias políticas feministas.

 

¿Qué pienso yo?

Hay una tercera postura frente al acto de Bescansa que es en la que yo me sitúo. Es una postura de aceptación, incluso con sus innumerables matices.

En esta postura coincidimos feministas que en otras cuestiones (casi) nos damos de tortas. Por eso Beatriz Gimeno ha apostado por enmarcar el conflicto en torno al gesto de Bescansa como una ruptura generacional.

Por mi parte, defiendo el gesto de Bescansa porque me parece, sobre todo, disruptivo. Habrá quien justo en este momento me diga que esto no tiene nada de rupturista porque antaño las mujeres (obreras de verdad) tenían que acudir con sus criaturas al lugar de trabajo y que incluso actualmente en las periferias territoriales del capitalismo, las mujeres -también- acuden con sus hijas al trabajo, generalmente en condiciones empobrecidas y sin una red institucional que las ampare.

Pero sigo pensando que es disrupto: aquí, ahora.

Licia Ronzulli

Creo que el gesto de Bescansa saca a la arena pública uno de los mayores conflictos (sino el mayor) con los que tenemos que lidiar hoy las personas: el conflicto capital-vida.

No se trata del problema de la conciliación (entendida como el conjunto de facilidades para la compatibilización entre el empleo y la familia, generalmente centradas en las mujeres). Ni si quiera se trata de la cuestión de la corresponsabilidad social (esa forma amplia de entender la conciliación en la que las partes implicadas son las mujeres y también los hombres, las empresas, las instituciones públicas y las organizaciones civiles, y que asume la necesidad social de cuidar).

Lo que el gesto de Bescansa despierta para mí es la crítica profunda un modelo de vidaorientado a mantener unas prácticas y unos intereses sociales en los que no se prioriza la vida de las personas sino su productividad.

Que Carolina Bescansa acuda con su bebé el día de apertura del Congreso me parece bien incluso aunque la idea no haya sido suya. No es una cortina de humo para ningún otro problema más “importante” sino precisamente al revés: todo lo demás es una cortina de humo para el problema verdadero que debemos responder en la sociedad:

¿cómo se equilibran las diferentes responsabilidades que asumimos como personas en la búsqueda de un modelo social de vida buena?

Creo que asimilamos de una manera muy acrítica la rigidez supuestamente inevitable de laslíneas de frontera [que nos dicen que existen] entre los diferentes espacios en los que se desarrolla nuestra vida.

En este sentido, somos sumamente decorosas, sumamente conformistas, sumamenteinimaginativas.

Y así entonces los significados de lo que hagamos siempre van a ser los mismos… ¿cómo sería posible, entonces, el cambio?


Originalmente publicado en SU BLOG el 19/01/2016