Home > Feminismo > Blanca Gómez. Nos duele el género, también cuando no nos mata.
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Este artículo aparece en la revista GENERANDO ARTE nº3 del mes de Octubre. Lo compartimos con el consentimiento de la autora.


Hace unos días, asistí a una mesa redonda que se realizó tras una charla sobre machismo y masculinidad. Una de las asistentes lanzó las preguntas de qué cómo y cuándo se acabaría con  la violencia machista y  que cuál era el paso entre las actitudes machistas cotidianas (los llamados “micromachismos”) y el asesinato.  Nadie de las personas asistentes respondió. Tampoco había tiempo dada la complejidad del asunto. Partiendo de esta pregunta, intentaré desgranar las causas de lo que muchas personas ya llamamos “terrorismo machista”

El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad contabiliza 30 mujeres asesinadas por “violencia de género” en lo que llevamos de año. Geofeminicio.net (web que recoge los datos de asesinatos a mujeres en todo el mundo) contabiliza 71. Este baile de cifras bien tiene que ver con el fenómeno en sí mismo.  ¿Por qué?

En España, la Ley Integral Contra la Violencia de Género, aprobada en 2005, contabiliza como víctimas de violencia de género mujeres asesinadas o maltratadas por sus parejas o ex parejas. Por lo que la muerte de prostitutas, niñas, o “amigas de” no se contabiliza. Teniendo en cuenta que solo el 20% de los casos se denuncia, nos encontramos  con una realidad que está muy lejana de la que muestra el Ministerio. Por lo tanto: si partimos de una realidad errónea, mal podremos actuar ya que el diagnóstico social es sesgado.

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“Palabras que hieren” de Montse Rodriguez.

La violencia machista no es más (ni menos) que la violencia que se ejerce hacia las mujeres por el hecho de serlo. El sistema patriarcal ha alentado la violencia contra las mujeres de manera que la violencia usada contra unas pocas sirviera como amenaza y correctivo para todas.

Como todo sistema de opresión, el patriarcado usa la violencia para mantener el status quo de una parte de la población, la mitad (hombres) sobre la otra mitad (mujeres).

Pero volvamos a la pregunta. ¿Cuándo acabará la violencia machista?

De unos años a esta parte, hablamos de “punta del iceberg”: los asesinatos son el producto de un sistema cotidianamente machista con el que nos socializamos desde que nacemos, tanto hombres, como mujeres. La educación diferencial entre niños y niñas, tanto en la escuela como en los hogares, es el primer paso para crear un imaginario social donde las mujeres, quedamos invisibilizadas de la esfera pública y relegadas al ámbito privado, por lo tanto, las agresiones no son asunto público.

Pierre Bourdieu, en los años setenta, definió violencia simbólica como la  relación social donde el “dominador” ejerce un modo de violencia indirecta y no físicamente directa en contra de los “dominados”, los cuales no la evidencian o son inconscientes de dichas prácticas en su contra. Es decir, la violencia simbólica que, normalizada socialmente, sufrimos las mujeres, va desde la discriminación laboral, la brecha salarial, ( asuntos más o menos cuantificables) al acoso callejero, la baja presencia de mujeres en ámbitos socioculturales como la política o el arte y finalmente, los asesinatos.

Así, las mujeres no somos seres de pleno derecho, sino seres que “complementan” a los seres dominantes. Es decir, no tenemos “entidad propia”, somos mujeres, porque somos lo “contrario” a hombre. No tenemos un significante propio, el significante depende de la otra parte. En definitiva, somos mujeres porque no somos hombres.

De ahí la urgencia de establecer un nuevo marco hegemónico desde el imaginario social y cultural. Romper con la hegemonía patriarcal y establecer un nuevo pacto social donde el género, no suponga un sistema, o mejor, donde los géneros, que son constructos sociales, desaparezcan.

De esta forma,  es más fácil entender que la violencia machista es una violencia estructural, no es violencia aislada como algunos discursos  intentan hacernos ver.

Y así es como empieza y como termina el fenómeno. Por lo tanto, aplicar medidas solo ante el síntoma (una vez la mujer ha sido agredida o asesinada) no resuelve el problema, aunque estas medidas son tremendamente necesarias. Debemos trabajar por romper con el imaginario machista dominante.

Las feministas siempre hablamos de “las gafas lilas” para referirnos a la visión que tenemos del mundo. Nuestra visión es siempre desde la perspectiva de género. Por lo que todo acto de machismo cotidiano, es identificado y  debe ser atacado, denunciado y modificado, ya que, como he expuesto, es el germen de que nos asesinen. Acabado el sistema de dominación, acabará la violencia.

Para ello, es importante la unión entre nosotras para presionar a los poderes públicos y hacerlo “Cuestión de Estado”. Ningún sistema de dominación cede privilegios de forma natural. Todas (y todos) desde nuestro ámbito de acción debemos decir ”BASTA YA, y bloquear  cualquier actitud machista. Porque nos queremos vivas.

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