Home > Feministas Podemitas > Teresa Rodríguez: Cada vez me piropean menos
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Siempre me molestaron y no sabía quién leches era Simone de Beauvoir. Cumplí 14 años y, repentinamente, iguales y mayores me pasaban regularmente el test: eres guapa, estás buena, gruñidos, chasquidos y fonemas guturales. A veces pasaba de castaño a oscuro, de las palabras a los hechos. Un día me desperté en el autobús con un susto de muerte al ver cómo un señor sentado a mi lado se la tocaba abiertamente mientras me miraba las piernas. Suena traumático, anecdótico, exagerado; a mí me lo parecía hasta que empecé a hablarlo con otras: lugares comunes, todos, los castaño claros y los castaño oscuros.

El deseo es maravilloso, qué bonito andar por la calle y desear de repente. Es precioso. Lo malo es cuando la expresión del deseo se convierte en una invasión. Intimidación, la mirada que se baja, el caminar acelerado, buscar la esquina del ángulo muerto…

A los 14 no sabía quién leches era Simone de Beauvoir, pero en la Universidad descubrí a las feministas y con ellas la explicación a un malestar viejo y difuso, un malestar expresado antes por las cantantes de copla, por la Martirio, por María Jiménez, por la Jurado. Expresado por todas las mujeres de mi familia, por mi madre que me decía que hubiera preferido que naciera varón: las cosas son así, aguanta, estudia, escapa. Un relato sin historia, sin memoria.

Me abracé a la historia de las mías y me libré del destino de las mujeres de mi entorno, hartitas de trabajar para afrontar la vejez con la certeza repentina de que a una ya ni la quieren ni la necesitan ni la desean. Me sentí como Neo en Matrix.

Se disiparon miedos absurdos a andar de noche o al violador desconocido que espera en un portal. Lejos de la imagen de señoras enfadadas mil veces representada por la ideología dominante con su bálsamo de olvido, las feministas me hicieron más sabia y más feliz.

Empecé a probar mis nuevos poderes.

Sal a la calle, levanta la cabeza, camina como quieras y si te encuentras un grupo de hombres ociosos en disposición de autoafirmarse, míralos de frente como diciendo «dime algo si tienes cojones» (los piropeadores huelen el miedo). ¡Ah! y todo ello con una sonrisa; hasta contoneándote: «¡Hola, buenas tardes!». No falla.

Es como un sortilegio. Cuanto más feminista soy menos me piropean, más segura ando por la calle y más tiempo hace que ningún hombre me intimida. Y, es evidente, estoy más buena que nunca.

Teresa Rodríguez

El Mundo, 04/07/2015